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Parte 1 de 2 · lectura gratuita (ES)

The Lighthouse at Punta Brava — Illustrated Horror Story — Parte 1 (Gratis)

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El Faro de Punta Brava

"La lámpara gira sola. El haz muestra lo que el mar se llevó."

El viento azotaba la costa como un látigo invisible, arrastrando el olor a sal y a humedad antigua. Marcos observó cómo las olas golpeaban contra los acantilados de Punta Brava, un rugido constante que parecía venir de las entrañas de la tierra. Había aceptado el trabajo de farero por seis meses de aislamiento, un salario generoso y la promesa de soledad que necesitaba después del divorcio. Pero el faro, esa torre de piedra y hierro retorcido, parecía respirar. Cada crujido de la escalera de caracol, cada silbido del viento en las rendijas de las ventanas, era una advertencia que él intentaba ignorar. La lámpara principal, un gigante de cobrize y cristal, era su responsabilidad. Cada noche, subía por la estrecha escalera para verificar que el mecanismo funcionaba correctamente, asegurándose de que el giro constante y rítmico del faro iluminara el mar sin interrupciones.

La primera noche, Marcos notó algo extraño. El faro giraba con un ligero retraso, como si alguien lo hubiera detenido momentáneamente antes de reanudar su movimiento. Atribuyó el fenómeno al viento o a la imaginación febril de un hombre solo durante demasiado tiempo. Pero al día siguiente, encontró una huella en el polvo del suelo de la sala de máquinas, una pisada que no era suya. Nadie más había subido a la torre en días. El miedo comenzó a asomar como una planta parásita en su mente, alimentado por las historias que los pescadores locales le habían susurrado: el faro se había construido sobre el lugar donde un barco se había hundido siglos atrás, y las almas de los marineros perdidos aún vagaban por sus pasillos, buscando un camino de regreso a la superficie.

La tercera noche, el sonido se hizo más claro. No era el viento ni los crujidos de la estructura. Era un arrastrar de cadenas, seguido de un susurro que parecía provenir de todas las direcciones a la vez. Marcos se apretó los oídos, intentando bloquear el sonido, pero solo se hizo más fuerte, más insistente. Bajó las escaleras corriendo, su corazón golpeando como un tambor salvaje contra sus costillas. En la planta baja, el silencio era total, casi opresivo. Pero cuando volvió a subir, el faro estaba girando a toda velocidad, el haz de luz cortando la oscuridad como una navaja. En el centro de la habitación, sobre el suelo de madera, había un objeto que no había estado allí antes: una vieja brújula de latón, su aguja girando frenéticamente sin apuntar a ninguna dirección.

Marcos se agachó para recogerla, su mano temblando. En ese instante, el haz de luz del faro pasó por la ventana, proyectando una sombra en la pared opuesta. Pero no era su sombra. Era la silueta de un hombre con un abrigo empapado, de pie junto a él, una mano extendida hacia su hombro. Antes de que pudiera gritar, el giro del faro lo sumió nuevamente en la oscuridad, y el sonido de las cadenas volvió a llenar la habitación, más cerca, más fuerte, como si estuvieran justo a su espalda.

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